Comunicación y confianza: el dilema del prisionero

Por Jordi Jiménez.

Hay dos sospechosos ante el juez. Se les acusa de robo pero las pruebas no son concluyentes, por tanto, el juez idea una estratagema para solucionar el caso. Les dice a los sospechosos que si ambos niegan el robo sólo les podrá acusar de un delito menor de tenencia de armas y pasarán seis meses en prisión (0,5 – 0,5) y si ambos confiesan el robo les aplicará la pena mínima posible por este delito que es de cuatro años (4 – 4).
Ahora bien, si uno confiesa y el otro niega el robo, el confesor será considerado testigo de cargo y quedará en libertad mientras que al otro se le aplicará la pena máxima por robo que es de veinte años (0 – 20).
Antes de darles la oportunidad de intercambiar ni un solo gesto entre ellos ordena que se les encierre en celdas separadas e incomunicadas.

Este es el dilema de los prisioneros, un modelo teórico que se ha utilizado para estudiar las relaciones de interdependencia. Rapoport (1965) estudió la esencia del dilema, de importancia también para el moderno pensamiento matemático.
Las implicaciones del mismo son claras: cada uno de los prisioneros desea obtener el máximo beneficio de la situación, en este caso, salir en libertad (0). Pero esto no es posible para los dos. Así que, en principio parece razonable negar el delito y aceptar la pena de seis meses (0,5 – 0,5) que es la mínima posible para los dos. Sin embargo, esta postura tiene un riesgo: si yo niego y el otro confiesa, él saldrá en libertad (0) y a mí me caerán veinte años (20)!. Entonces parece mejor confesar y así tengo la oportunidad de salir en libertad, aunque esto tiene el riesgo de que el otro haya intuido mi decisión, o siga el mismo hilo de pensamiento que yo, y confiese también por lo que nos caerán cuatro (4 – 4) años a los dos, que es mucho peor que seis meses (0,5 – 0,5).

Este dilema no tiene solución tal como está planteado ya que sólo hay dos posibles decisiones en cada uno de los prisioneros y ambas tienen un riesgo y una ganacia. La única salida al dilema, con un coste mínimo para los dos, sería que los prisioneros pudieran comunicarse… y que confiaran el uno en el otro!  De esta manera conseguirían la pena menor para ambos de seis meses (0,5 – 0,5).

Efectivamente, sólo con la comunicación entre prisioneros no es suficiente para garantizar la pena menor. Imaginemos que se ponen de acuerdo en la mejor solución para los dos que es seguir negando el delito. Una vez ante el juez, uno de ellos puede aprovechar ese acuerdo y confesar el delito, quedando en libertad, que es a lo que en realidad aspira cada uno de ellos, encerrando al otro veinte años (0 – 20). Pero esto mismo puede pensar el otro, por lo que acabarían los dos confesando y con cuatro años entre rejas (4 – 4). Sólo la confianza absoluta puede solucionar el dilema aportando la mínima pérdida a los dos (0,5 – 0,5).

Hay muchas situaciones cotidianas en las que aparece esta estructura, como aquellas en las que hay que tomar una decisión que puede suponer beneficio o perjuicio para las partes pero, o bien no hay acceso a la comunicación directa entre partes implicadas (desinformación) o bien la hay pero no hay confianza en la autenticidad de la misma (manipulación).  Un ejemplo podrían ser algunas situaciones de pareja en las que la relación ya está deteriorada. Puede faltar comunicación, confianza o ambas. Si se da esta estructura, como en el dilema, es imposible tomar las decisiones más beneficiosas para los dos. La incomunicación, la desinformación, nos deja en manos del azar, decidiendo sin saber qué va a hacer el otro, y la desconfianza nos deja en manos del perjuicio crónico, ya que, al desconfiar, ambas partes eligen la opción de su máximo beneficio que evita la máxima pérdida, pero como ambos piensan igual acaban siempre ante la solución de pérdida (4 – 4). En el ámbito laboral tenemos otros ejemplos de interdependencia donde se puede dar esta estructura. Hay cierto grado de comunicación entre empresario y trabajador, por ejemplo, pero siempre queda el tema de la confianza. Si ambas partes fomentan esa confianza sin duda tomarán las decisiones más beneficiosas para los dos (del tipo 0,5 – 0,5). De nuevo el problema se presenta cuando una de las partes, o las dos, desconfían de las intenciones de la otra, o bien…, sencillamente no desean el beneficio conjunto sino exclusivamente el propio.

Es importante tener en cuenta esto de que no se deseen las mejores soluciones para los dos, sino el máximo beneficio para uno sin importar lo que le ocurra al otro. En realidad, esa es la esencia del dilema del prisionero: saber si la otra parte desea el bien común o simplemente el máximo beneficio para sí. Por esto es que no sólo la comunicación resuelve el dilema sino la confianza en el otro.

Curiosamente, si una de las parte sabe a ciencia cierta que la otra no desea el bien común el dilema cambia. Ya no nos podemos plantear la opción del mínimo perjuicio para ambos (solución 0,5 – 0,5) porque le dejaríamos en bandeja al otro su máximo beneficio y nuestra mayor pérdida (0 – 20), por lo que elegiremos la “confesión” aunque eso suponga mayor pérdida para los dos (solución 4 – 4). Claro que, es justo en estos casos que la otra parte se empeñará con todos los medios a su alcance en convencernos de que desea el bien común y lo mejor para los dos con el fin de que optemos por “negar el delito” y dejar en bandeja el máximo beneficio para el otro. Es decir, buscará la solución (0 – 20).

Esto es justo lo que ocurre en muchas de las relaciones comerciales y financieras actualmente. Las grandes compañías, bancos y poderes establecidos dirigen su marketing en esa dirección con gran potencia e insistencia: “buscamos el bien común” repiten obsesivamente. Ese sólo hecho ya hace sospechar que buscan soluciones tipo (0 – 20)… si no fuera porque, además, lo dicen!

Efectivamente, el discurso neoliberal anuncia abiertamente y sin ningún pudor que todos y cada uno de nosotros puede y tiene legitimidad para buscar el máximo beneficio para sí y que gracias a eso (y ahora viene lo más increíble) todos saldremos ganando! Esta es una de las mayores falacias de nuestro tiempo que ha sido impuesta como creencia de fondo gracias a la potencia propagandística del poder económico. No es necesario acudir a modelos como el dilema del prisionero para demostrar esta falacia, pues el sentido común nos dice que si alguien vende algo buscando “su máximo” beneficio, es evidente que al comprador le está regateando calidad o cantidad. Por otro lado, fomentar este tipo de interdependencia basada en la búsqueda del máximo beneficio sólo puede dar ventaja a quien tiene el poder de manejar la publicidad e incluso de modificar a su gusto las condiciones del juego, por ejemplo, subiendo o bajando precios artificialmente, consiguiendo que la otra parte del juego elija la opción “más adecuada” para los propios intereses.

Paradójicamente, y a pesar de tantas evidencias en este sentido, aún hay muchísima gente que cree en el marketing de las buenas intenciones y del bien común propagado por los poderes económicos y  por el neoliberalismo decadente.

En este caso, la solución al dilema del prisionero en el que estamos inmersos es no entrar en interdependencia con este tipo de estamentos que sin duda van a buscar nuestro máximo perjuicio. Es decir, si mi caja de ahorros de toda la vida me ofrece algún tipo de producto financiero que, según ellos, me resultará de lo más ventajoso… no lo acepto!! Porque sé que en realidad ese producto está diseñado para “su máximo” beneficio y a mí me puede beneficiar, o no, pero eso ya queda en manos del azar o de la voluntad de quienes lo diseñaron, con lo cual, mejor no entro en relación con esos señores. Hasta donde puede cada uno dejar de relacionarse con semejante jauría tiene que verlo cada uno, pero desde luego la dirección va por minimizar esa interdependencia en la que sabemos que perderemos. Esta propuesta está en la línea de la no-violencia activa que promueve la acción decidida contra todas las formas de violencia, pero una acción que hace el vacío a la violencia mientras crea nuevas relaciones entre las personas basadas en otros valores.

 


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